Drea

Cansada. Harta. Sobrepasada. Asqueada.
Ella no podía más, sentir y sentir y sentir... Para morir un poco más con cada sentimiento, con cada pequeño desgarro.
Llegó a su casa arrastrando los pies, solo oía el aullar de su orgullo pidiendo clemencia. Su cuerpo clamando venganza.
Soltó su bolso, lleno de pastillas inservibles y miró a su alrededor, solo una casa en la que se sentía una extraña le devolvió la mirada, vacía, fría.
Ella cogió aire y con un simple movimiento se atravesó el pecho con la mano, rodeó con sus dedos su maltrecho corazón, lo sintió latir, sintió la agonía bombeando por sus venas una última vez más y de un fuerte tirón se lo arrancó. Silencio. Todo había dejado de aullar.
Se paró unos segundos a disfrutar la sensación de vacío, de nada, ni el dolor de atravesarse el pecho con la mano le importó, nada se comparaba al dolor que se acababa de extirpar del cuerpo.
Fue a la caótica cocina con su sangrante corazón en la mano y con un cuchillo lo apuñaló hasta que dejó de latir.
Ella sonrió. Por fin. Paz. Dejó caer el cuchillo, lanzó lejos su muerto corazón y arropada por aquel hielo que se le estaba formando en el pecho se durmió tranquila.
Mañana sería un nuevo día, un nuevo comienzo.

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