Drea

Esa sensación tan fea cuando se te pasa el entusiasmo, la ilusión del principio y sólo queda la realidad.

Una realidad que esperabas con más color y calor. Una realidad mucho más azucarada de como es en verdad.
Y entonces llega la tan temida decepción y borra cualquier rastro de entusiasmo que pudiera quedar y te deja rezando a cualquier dios que en ese momento se te ocurra para que el golpe no duela en exceso.

Y entonces el "lo deberías haber visto venir" empieza a retumbarte en la cabeza más intensamente con cada aguijonazo de tristeza que te da. El "eso me pasa por tonta" que ya es parte de la familia de tantas veces como te lo has tenido que decir, "no aprendes" "tener sentimientos sólo sirve para que te los pisen" "no confíes en nadie"... Un aluvión de reproches medio verdades retumbando, exigiendo ser oídos, que te dan un tremendo dolor de cabeza y unas ganas enormes de meterte en tu fortaleza para no salir jamás.

Y suspiras. Y sigues con tu rutina porque poco más puedes hacer. Apuntas una nueva entrada en tu libro de decepciones, levantas la cabeza, te tragas la tristeza y como buena guerrera que eres sigues adelante con una capa más en tu remendada coraza. Esa que de tantas capas ya te empieza a pesar.

Y sonríes. A desgana. Pero lo haces. Porque a estas alturas y con tantas batallas a tus espaldas es de las pocas cosas que no te han podido quitar.

Que bonita y puta es la decepción. Bonita porque te ayuda a darte cuenta de muchas cosas y aprender otras tantas, y puta porque duele como una cuchillada trapera, como un estrujarte el corazón, como un ver todo lo que sueñas saltar en pedazos.
Y suele doler más de lo que enseña. Pero así es todo, nada de intercambio equivalente,nada de pagas por lo que recibes, no, la vida no va así.

En esta vida por cada cosa buena que recibes, la pagas como si de media docena se hubiera tratado y la mayoría de veces, no compensa.

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